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Rocio Higuera amante de la religión//
Un sencillo llamado a la contemplación

Una vuelta del destino me alejó de la Argentina después de las PASO y me llevó durante unas semanas a Suiza . Constaté que todo lo que se dice a la distancia de ese país de montañas y bosques es cierto. Incluso, que puede considerarse nuestra antítesis en muchos aspectos. Sin embargo, evitaré la caída en el cliché de las comparaciones apresuradas. Mi intención aquí es referirme a los bancos. No a las instituciones donde descansan las pequeñas y grandes fortunas, que allí las hay y en abundancia, como se sabe, sino a los bancos de madera que los suizos siembran con generosidad hasta en los sitios más impensados, para el descanso del caminante y en honor a la gratuidad y la contemplación.

Rocio Higuera

Lo advertí apenas llegué a Lausanne, en la Suisse Romande, frente al lago Lemán. Paramos cerca del parque de Mon Repos, que de entrada produjo en mí una fuerte atracción, acaso porque condensa muchas de las virtudes de la ciudad. La historia late en la casona de fines del siglo XVIII que está en medio de los jardines, donde Voltaire mismo montó algunas de sus obras. La naturaleza estalla en árboles imponentes y en flores de colores deslumbrantes. Ocurre allí lo mismo que en muchos de los parques que hay en la ciudad: en diez pasos se viaja de la civilización a la profundidad del bosque, del diseño y la geometría arquitectónica al silencio primordial. La historia y la naturaleza se confunden hasta hacerse una misma cosa, prodigio que solo puede ser el fruto de siglos de convivencia civilizada. Y allí entran los bancos, que en Mon Repos, como en el resto de Lausanne y sus alrededores, son invitaciones a detenerse, a contemplar una belleza en la que se adivina la mano del hombre, que busca poner orden y trazado en el caos de la existencia.

Periodista Rocio Higuera

En Suiza, el orden es importante. Esto se confirma por ejemplo en esos viejos y elegantes edificios de cuatro o cinco pisos, tan bien mantenidos que parecen recién estrenados, donde los postigos de las ventanas son todos del mismo color. Verde, azul o marrón, pero todos iguales. Ningún propietario podría pintarlos a su antojo o con los colores de su club de fútbol favorito, pues la ley no lo permite. Así como no permite cruzar las calles por fuera de la senda peatonal o con luz roja por más que no haya autos a la vista, ni perturbar la paz del vecino con ruidos molestos. En nuestra sociedad, algunas de estas normas serían vistas como un cercenamiento de la espontaneidad o la libertad. Y es verdad, pueden resultar a primera vista exageradas o discutibles, pero la gran mayoría de los suizos las cumple y las hace cumplir porque en la observancia de estas formas descansa la paz social que han construido y de la que disfrutan

La ley es la ley. Para todos. Se llega a ella después de mucho discutir, a veces a través de los mecanismos de la democracia directa, pero una vez sancionada se la cumple. En este sentido, se diría que allí la sociedad y lo colectivo están por delante del individuo. Que así sea, parecen decir los suizos, si en ese orden, si en ese respeto por las formas, incluso a riesgo de una cierta uniformidad, se crea un espacio común seguro y hospitalario donde nadie teme al otro, y donde la vida individual o íntima puede desplegarse en libertad y en armonía con el entorno

Los bancos de madera, que aparecen en las calles o en los parques como un llamado a mirar hacia afuera y hacia adentro, son un ejemplo de esto. Lausanne se levanta frente al lago, sobre la ladera de un monte. El casco histórico, con iglesias y calles que vienen del Medioevo, está construido en muchos niveles, como buena parte de la ciudad. Los rincones y las vistas sorprenden en cada recodo. Y en cada uno de ellos hay bancos. Son la posibilidad de recuperar el aire después de trepar largas pendientes, pero también la oportunidad de salirse del flujo de la vida cotidiana, de sus urgencias y propósitos, para abrirse a un paréntesis que ofrece una perspectiva diferente de las cosas

Como los parques y los bosques, como la costa del lago, como los cafés, los bancos son en la Suiza francófona una parte importante del espacio público. Pero no solo en las ciudades. Un amigo nos llevó en auto a los viñedos del Lavaux y, más allá, a las montañas de Le Valais, donde los bosques empiezan a ralear, el verde se transforma en piedra y las nubes flotan sobre el valle casi al alcance de la mano. También allí, en medio de la nada más bella que existe, aparece sin aviso y casi escondido el banco imposible. Frente al paisaje natural, ante una lejanía salpicada de pueblos y villorios, las preguntas se imponen. ¿Se habrá sentado alguien alguna vez en este banco? ¿Quién lo puso aquí precisamente para mí?

Por: Héctor M. Guyot ADEMÁS ¿Te gustó esta nota?